No podía apartar la vista de él. No podía dejar de mirarlo. Llevaba horas mirándole, días. No podía apartar la vista de ese árbol, que había sido plantado el mismo día en el que que había nacido su hijo, su único hijo.

Ahora veía como se estaba marchitando, como había perdido casi todas las hojas y estaba a punto de morir.

Lo había plantado por una tradición absurda, que había leido en algún sitio del que ya ni siquiera se acordaba. Consistía en plantar un árbol cada vez que nacía un hijo tuyo en la familia. Según esa tradición, el árbol y el niño crecerían juntos en armonía y estarían vinculados el uno con el otro.

Desde entonces habían pasado momentos mágicos juntos. De igual forma que daba de comer a su hijo, reagaba ese árbol que era como otro hijo suyo. Habían hecho grandes cosas a su alrededor y habían hecho del lugar en el que estaba plantado el árbol un sitio en el que reunirse en los momentos importantes en la vida del niño, habían creado un fabuloso ritual en torno al árbol.

El niño, al ir creciendo había aprendido a convivir con su hermano de la naturaleza al que incluso había confesado sus secretos más particulares.

Momentos como sus primeros amores, habían sido grabados en el árbol, con cariño, tallando su madera con absoluta delicadeza con el afán, no de dejar plasmado su amor en un árbol cualquiera, sino de transmitirle sus secretos, de contarle sus maravillosas aventuras de juventud.

También momentos amargos, momentos de los que nadie quiere acordarse nunca y que con el paso del tiempo, igual que el crecimiento del árbol consigue ocultar, abandonan nuestra mente y solo salen en contadas ocasiones o incluso nunca.

Después de todas esas vivencias juntos, el niño dejó de ser niño, dejo su su casa, su familia, su árbol y sus recuerdos para comenzar una nueva vida lejos de allí.

Ahora, después de mucho tiempo, su madre sabe que algo pasa, algo terrible, algo que no es capaz de asimilar. El árbol lleva semanas marchitandose, con las hojas amarillas, que poco a poco le van abandonando para caer en la tierra que le rodea. Ella no puede dejar de mirarle, de llorar, de tocarle, de abrazarle como si fuera su propio hijo, del que no ha recibido noticias desde que se marchó. Ahora, solo espera una llamada que le comunique la triste noticia.

Mientras tanto, toca los grabados del tronco de su hijo de madera. Desliza sus manos por cada uno de los recuerdos que su hijo de verdad fué dejando en él, recordando cada uno de ellos como si fuera ahora mismos cuando estan ocurriendo. Mientras le acaricia puede sentir las manos de su hijo abrazandole, acariciandole, transmitiendo todo el amor que un hijo puede trasladar a su madre en la distancia, algo que sin ese árbol, sin ese vinculo tan profundo, jamás hubiera podido tener durante tanto tiempo.

 

imagen obtenida de http://www.flickr.com/photos/fittingroom/

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