A veces, cuando voy en coche yo solo,  saco carteles a los conductores de los otros coches. Depende del día y del estado de ánimo desde luego. Unas veces con simples comentarios y otras con los insultos más duros. Llevo muchos carteles en el compartimento de mi puerta. Depende de lo que quiera decir saco uno u otro, con diferentes mensajes. La gente no parece verlos o por lo menos no los entiende. No causan ninguna emoción en ellos. No reaccionan a mis comentarios.

Me fijo bien y los veo perfectamente escritos, incluso algunos con letras brillantes y destacadas, con fondos de colores o incluso en forma de bocadillos saliendo de alguna esquina del cartel.

Esto solo lo suelo hacer cuando no me pueden oír, cuando tengo que decir algo a alguien que me ve pero no puede oírme.

Seguramente deba empezar a llevar muchos carteles conmigo fuera del coche y empezar a mostrarlos en las situaciones en las que es mejor callarse, en aquellos casos en los que sabemos a ciencia cierta, en los que tenemos la seguridad de que cualquier palabra o comentario generará una situación aún peor.  Aquellos casos en los que, como dice Manolo García, “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir”.

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